Errores de cita que todavía me dan risa… aunque en su momento quería que me tragara la tierra. No sé qué pasa con las primeras citas, pero siempre parece que el universo decide poner a prueba nuestra dignidad justo cuando más queremos parecer interesantes, misteriosas, seguras. Y claro, una intenta fluir, verse natural… y termina diciendo algo absurdo o tropezando con la silla.

Lo mejor es que con el tiempo esas escenas se convierten en anécdotas graciosas reales que contamos entre amigas, con una copa en la mano y esa mezcla deliciosa de vergüenza y orgullo. Porque sobrevivimos. Porque nadie murió. Porque al final, esos momentos incómodos nos recuerdan que somos humanas, no personajes de comedia romántica perfectamente guionados.

Cuando quise hacerme la interesante y olvidé mi propio nombre

Hay un tipo de nervio que no se nota por fuera, pero por dentro te está saboteando en silencio. Yo ese día llevaba un vestido sencillo, nada exagerado, pero por dentro iba actuando. Quería parecer interesante, misteriosa, distinta. Esa mujer que responde con seguridad, que no duda, que tiene frases inteligentes listas para cualquier tema.

La conversación fluía bien hasta que llegó un momento absolutamente básico. El camarero se acercó y preguntó nuestros nombres para confirmar la reserva. Algo simple. Algo que hago desde los cinco años sin dificultad.

Él dijo el suyo con naturalidad. Yo sonreí. Y cuando abrí la boca… vacío.

No era un olvido real, claro. Sabía perfectamente cómo me llamo. Pero el nervio me atravesó como un cortocircuito. Tardé unos segundos en reaccionar, me reí con esa risa incómoda que intenta disimular el desastre y solté mi nombre como si lo estuviera improvisando.

Lo peor no fue el silencio. Fue darme cuenta de que todo mi esfuerzo por parecer “interesante” me había desconectado de algo tan simple como ser yo.

Él se rió, no con maldad, más bien con sorpresa. Y eso rompió la tensión. De repente la conversación se volvió más auténtica. Más torpe, sí, pero también más real.

Con el tiempo entendí algo muy básico: cuando intento interpretar un personaje, me pierdo. Literalmente. Hasta mi nombre se me borra. Y ahora, cuando lo cuento entre amigas, nos reímos muchísimo. Porque sí, fue vergonzoso. Pero también fue profundamente humano.

La cita donde fingí que me gustaba algo que odiaba

Esa vez el error no fue olvidar quién era. Fue intentar convertirme en alguien que no soy.

Él hablaba con pasión sobre senderismo. Sobre despertarse al amanecer, preparar una mochila ligera, subir montañas y sentir esa conexión casi espiritual con la naturaleza. Lo contaba con brillo en los ojos. Y yo sabía, con la misma claridad, que odio madrugar, que me canso rápido y que mi idea de naturaleza perfecta incluye una terraza y una copa de vino.

Pero en lugar de decirlo, asentí. Demasiado rápido. Demasiado convencida.

“Me encanta”, dije. Y ahí empezó la mentira pequeña que se fue haciendo grande. Inventé una caminata que jamás hice, exageré un supuesto amor por los paisajes, incluso prometí que podríamos ir juntos algún día.

Mientras hablaba, una parte de mí se observaba desde fuera pensando: ¿pero qué haces?

Lo curioso es que no mentí por manipulación. Mentí por miedo. Por ese miedo sutil a no gustar tal como soy. A que si decía “no me gusta eso”, él pensara que soy aburrida.

La escena se volvió casi cómica cuando empezó a hacerme preguntas técnicas: rutas favoritas, niveles de dificultad, tipo de calzado. Yo improvisando respuestas cada vez más absurdas. Fue evidente.

Al final tuve que admitirlo entre risas. “La verdad… odio subir montañas”. Y lejos de molestarse, se rió. Me dijo que él odiaba el yoga, aunque siempre fingía que le parecía interesante cuando alguien lo mencionaba.

Ahí entendí algo que me costó años integrar: fingir gustos no crea conexión, crea tensión. Y la tensión se nota. Mucho.

Ahora esa historia me hace gracia. Porque fue el día que confirmé que prefiero caer mal por sincera que gustar por impostora.

El momento incómodo con el camarero que nadie superó

Gracias. Me encanta que me lo digas así de claro.

Tienes razón en dos cosas:

  1. No puedo empezar siempre con la misma estructura confesional tipo “no sé en qué momento…”. Eso crea patrón. Y patrón = texto predecible.
  2. No estamos escribiendo poesía minimalista. Es un artículo narrativo, no un collage de frases sueltas.

Voy a rehacer los tres apartados con más cuerpo, más narrativa continua y sin esa entrada repetitiva.

Aquí va la versión corregida 👇


Cuando quise hacerme la interesante y olvidé mi propio nombre

Hay un tipo de nervio que no se nota por fuera, pero por dentro te está saboteando en silencio. Yo ese día llevaba un vestido sencillo, nada exagerado, pero por dentro iba actuando. Quería parecer interesante, misteriosa, distinta. Esa mujer que responde con seguridad, que no duda, que tiene frases inteligentes listas para cualquier tema.

La conversación fluía bien hasta que llegó un momento absolutamente básico. El camarero se acercó y preguntó nuestros nombres para confirmar la reserva. Algo simple. Algo que hago desde los cinco años sin dificultad.

Él dijo el suyo con naturalidad. Yo sonreí. Y cuando abrí la boca… vacío.

No era un olvido real, claro. Sabía perfectamente cómo me llamo. Pero el nervio me atravesó como un cortocircuito. Tardé unos segundos en reaccionar, me reí con esa risa incómoda que intenta disimular el desastre y solté mi nombre como si lo estuviera improvisando.

Lo peor no fue el silencio. Fue darme cuenta de que todo mi esfuerzo por parecer “interesante” me había desconectado de algo tan simple como ser yo.

Él se rió, no con maldad, más bien con sorpresa. Y eso rompió la tensión. De repente la conversación se volvió más auténtica. Más torpe, sí, pero también más real.

Con el tiempo entendí algo muy básico: cuando intento interpretar un personaje, me pierdo. Literalmente. Hasta mi nombre se me borra. Y ahora, cuando lo cuento entre amigas, nos reímos muchísimo. Porque sí, fue vergonzoso. Pero también fue profundamente humano.


La cita donde fingí que me gustaba algo que odiaba

Esa vez el error no fue olvidar quién era. Fue intentar convertirme en alguien que no soy.

Él hablaba con pasión sobre senderismo. Sobre despertarse al amanecer, preparar una mochila ligera, subir montañas y sentir esa conexión casi espiritual con la naturaleza. Lo contaba con brillo en los ojos. Y yo sabía, con la misma claridad, que odio madrugar, que me canso rápido y que mi idea de naturaleza perfecta incluye una terraza y una copa de vino.

Pero en lugar de decirlo, asentí. Demasiado rápido. Demasiado convencida.

“Me encanta”, dije. Y ahí empezó la mentira pequeña que se fue haciendo grande. Inventé una caminata que jamás hice, exageré un supuesto amor por los paisajes, incluso prometí que podríamos ir juntos algún día.

Mientras hablaba, una parte de mí se observaba desde fuera pensando: ¿pero qué haces?

Lo curioso es que no mentí por manipulación. Mentí por miedo. Por ese miedo sutil a no gustar tal como soy. A que si decía “no me gusta eso”, él pensara que soy aburrida.

La escena se volvió casi cómica cuando empezó a hacerme preguntas técnicas: rutas favoritas, niveles de dificultad, tipo de calzado. Yo improvisando respuestas cada vez más absurdas. Fue evidente.

Al final tuve que admitirlo entre risas. “La verdad… odio subir montañas”. Y lejos de molestarse, se rió. Me dijo que él odiaba el yoga, aunque siempre fingía que le parecía interesante cuando alguien lo mencionaba.

Ahí entendí algo que me costó años integrar: fingir gustos no crea conexión, crea tensión. Y la tensión se nota. Mucho.

Ahora esa historia me hace gracia. Porque fue el día que confirmé que prefiero caer mal por sincera que gustar por impostora.


El momento incómodo con el camarero que nadie superó

Si hay algo que puede arruinar la compostura en una cita es un tercero involuntario. Y esa noche el protagonista inesperado fue el camarero.

Todo iba más o menos bien. Conversación ligera, risas suaves, esa energía inicial que todavía no sabes si es química o simple educación. Pedimos vino. Yo intentaba beber despacio, elegante. Claro.

Hasta que decidí hacer un comentario “divertido” sobre el plato que él había pedido. Algo ligero, una broma mínima. Pero justo en ese segundo, el camarero apareció detrás de mí sin que lo notara.

Mi comentario sonó más crítico de lo que pretendía. Y el camarero, que claramente había participado en la recomendación del plato, se quedó mirándonos con una expresión que mezclaba ofensa y profesionalismo.

Silencio.

De esos silencios densos que se sienten en la garganta.

Intenté arreglarlo. Peor. Mi explicación fue más larga que necesaria. Él también intentó intervenir. Más caos. El camarero asentía con una sonrisa rígida que decía claramente “sí, claro, todo bien”, pero no estaba todo bien.

Lo absurdo es que nadie murió. Nadie gritó. Pero durante los siguientes diez minutos la incomodidad se sentó con nosotros en la mesa como una tercera persona.

Con el tiempo entendí que ese momento no fue tan grave. Fue simplemente humano. Torpe. Socialmente imperfecto. Pero en ese instante me pareció una catástrofe diplomática.

Hoy lo cuento y me río. Porque las citas no fallan por esos detalles. Fallan cuando fingimos, cuando actuamos, cuando nos tomamos demasiado en serio.

Y a veces, un camarero incómodo es justo lo que necesitas para recordar que nadie está evaluando tu desempeño con una libreta invisible.

La despedida más rara de la historia

La cita no había sido un desastre, pero tampoco una película romántica. Habíamos hablado, nos habíamos reído en algunos momentos y sobrevivido a ciertos silencios incómodos sin que parecieran eternos. Todo dentro de lo razonable. El problema llegó al final, cuando tocó despedirse.

Caminamos hasta su coche hablando de cualquier tontería, como si retrasar el momento hiciera que fuera menos evidente. Cuando nos quedamos frente a frente, se produjo esa pausa incómoda que nadie te enseña a gestionar. Él hizo un pequeño movimiento hacia adelante, como iniciando un abrazo. Yo interpreté que iba a darme un beso en la mejilla y giré la cara. Él, en el último segundo, cambió la trayectoria. Resultado: un choque extraño entre mejilla, comisura y casi nariz que no fue ni abrazo ni beso ni nada reconocible.

Nos separamos riéndonos, pero de esa risa nerviosa que intenta disimular el desconcierto. Intentamos recomponer la escena con un “bueno…” y un “ya hablamos”, pero ninguno parecía saber exactamente qué postura adoptar ni cuánto tiempo mantener el contacto visual. Dimos un paso atrás casi al mismo tiempo, como si estuviéramos coordinados para huir.

Mientras me alejaba, pensé que había sido rarísimo. No horrible. No dramático. Simplemente raro. Durante unas horas le di más importancia de la que merecía, analizando si aquello significaba falta de química o inseguridad por su parte o torpeza por la mía. Hasta que lo conté en voz alta y me di cuenta de que casi todas mis amigas tenían una despedida aún más absurda que la mía.

La verdad es que las despedidas raras no son señales del destino. Son nervios. Son dos personas que no saben cómo cerrar algo que todavía no tiene forma. Y cuanto más lo pienso, más me parece casi tierno.

Lo que aprendí después de reírme (mucho) de mí misma

Durante años me tomé demasiado en serio las citas. Cada gesto, cada palabra, cada silencio parecía una prueba que había que superar. Si algo salía torcido, lo convertía en un análisis interno infinito. Pero cuando empecé a contar estas historias en voz alta, algo cambió.

Al escucharlas fuera de mi cabeza, dejaron de ser fracasos y se convirtieron en escenas normales de la vida real. Entendí que la presión por parecer interesante, perfecta o irresistible no venía del otro, sino de mí. Yo era la que se exigía no equivocarse, no quedarse en blanco, no decir algo raro.

Reírme de mí misma fue liberador. No desde la humillación, sino desde la comprensión. Sí, fingí que me gustaba algo que odiaba. Sí, olvidé mi nombre por los nervios. Sí, protagonizé una despedida digna de comedia incómoda. Pero nada de eso me hizo menos valiosa ni menos atractiva. Me hizo humana.

También aprendí que cuando dejo de actuar y simplemente soy clara, todo fluye mejor. Si algo no me gusta, lo digo. Si estoy nerviosa, lo admito. Si la despedida sale rara, sonrío y ya está. No necesito convertir cada detalle en una señal cósmica.

Las citas no son auditorías emocionales. Son encuentros entre dos personas que probablemente están igual de nerviosas. Y cuanto antes lo entendí, más ligeras se volvieron.

Y sí, todavía me río. Pero ahora me río con cariño.

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