Ser madre ya implica aprender a convivir con opiniones ajenas, consejos no pedidos y miradas que evalúan cada decisión. Pero cuando, además, una mujer es friki, la lupa parece hacerse un poco más grande. De repente, gustos que siempre formaron parte de su identidad se ponen en duda, como si la maternidad trajera consigo una lista invisible de cosas que ya no “tocan”. Entre ellas, todo aquello que huela a fantasía, animación, mundos imaginarios o cultura pop.
Te recomendamos: Los mejores videojuegos de fantasía para jugar con tus hijos
La frase “eso son dibujitos” suele llegar envuelta en un tono aparentemente inofensivo, pero tiene peso. No solo minimiza un tipo de expresión cultural, también infantiliza a quien la disfruta. Y cuando se dirige a una madre, el mensaje implícito es claro: ahora debería estar en otra cosa, en algo más serio, más adecuado, más adulto. Como si cuidar, amar y sostener una familia fuera incompatible con emocionarse por una historia animada o un universo ficticio.
Sin embargo, la realidad es mucho más compleja y, sobre todo, más humana. La maternidad no borra lo que una mujer es, ni lo que le ha acompañado durante años. No apaga la imaginación ni elimina la necesidad de conectar con aquello que le da placer, refugio o inspiración. Lo que ocurre es que el entorno sigue sin saber muy bien dónde colocar a las madres que no encajan en el molde tradicional.
La idea equivocada de que ser madre implica renunciar a lo que se ama
Existe una narrativa muy arraigada que asocia la maternidad con la renuncia. Renunciar al tiempo propio, al cuerpo de antes, a ciertas ambiciones y, en muchos casos, a los gustos personales. Dentro de ese paquete de renuncias no escritas suele entrar la cultura friki, percibida como algo juvenil, prescindible o directamente irrelevante frente a las “responsabilidades reales”.
Muchas madres frikis se encuentran justificando constantemente sus intereses, incluso ante otras mujeres. Se les presupone que deberían haber dejado atrás esos mundos al convertirse en madres, como si disfrutar de ellos fuera una señal de inmadurez. Esta mirada no tiene en cuenta que la afición por la ciencia ficción, la fantasía, el anime, los cómics o los videojuegos no es una fase, sino una forma de relacionarse con las historias, la creatividad y la emoción.
Además, la maternidad no reduce la capacidad de análisis ni la profundidad emocional. Al contrario, muchas veces la amplifica. Las madres frikis no consumen estos contenidos desde la evasión superficial, sino desde una experiencia vital más rica, más atravesada por el cuidado, el miedo, la pérdida y el amor. Negarles ese espacio es negar una parte esencial de su identidad adulta.
El problema no está en esos gustos, sino en la rigidez con la que la sociedad define lo que una madre debería ser. Una definición que deja fuera a quienes no encajan en el estereotipo de mujer seria, abnegada y despojada de fantasía.
“Eso son dibujitos”: cuando el desprecio se disfraza de comentario inocente
La animación y la cultura visual siguen cargando con un estigma difícil de desmontar. A pesar de décadas de obras complejas, profundas y emocionalmente potentes, persiste la idea de que todo lo animado es infantil. Esta percepción afecta especialmente a las madres, porque se espera de ellas una adultez ejemplar, alejada de todo lo que se considere poco serio.
Cuando alguien dice “eso son dibujitos”, no solo está simplificando un medio artístico, también está invalidando la experiencia emocional de quien lo disfruta. En el caso de las madres frikis, esa invalidación se mezcla con una exigencia constante de coherencia: cuidar, educar, trabajar y, además, representar un ideal de madurez que no admite matices.
Lo curioso es que muchas de las historias que se desprecian bajo esa etiqueta hablan precisamente de temas profundamente adultos. La pérdida, el sacrificio, la identidad, la maternidad, el miedo a fallar, el amor incondicional. Temas que conectan de manera directa con la experiencia de ser madre. Pero el prejuicio pesa más que el contenido, y la forma eclipsa al fondo.
Este tipo de comentarios, repetidos una y otra vez, van dejando huella. Generan una sensación de tener que esconder lo que se ama, de disfrutarlo a medias o en silencio. No porque no sea válido, sino porque cansa explicar una y otra vez que la adultez no se mide por los gustos culturales.
La maternidad no borra la identidad, la transforma
Convertirse en madre es una transformación profunda, pero no es una anulación. Las mujeres no nacen de nuevo sin pasado, sin referencias, sin pasiones. La identidad previa no desaparece; se reordena, se adapta, dialoga con una nueva realidad. En ese proceso, lo friki no solo puede permanecer, sino cobrar nuevos significados.
Muchas madres descubren que las historias que antes disfrutaban desde un lugar lúdico ahora las atraviesan de otra forma. Aparecen lecturas distintas, emociones inesperadas, conexiones más intensas. La maternidad añade capas, no resta. Y esas capas enriquecen la manera de vivir la cultura, no la empobrecen.
Además, mantener espacios de disfrute personal no es un capricho, es una necesidad. La maternidad puede ser absorbente, exigente y, en ocasiones, solitaria. Tener refugios emocionales, intereses propios y momentos de desconexión es una forma de autocuidado. Para muchas madres frikis, esos refugios tienen forma de series, libros, películas o universos que les recuerdan quiénes son más allá del rol materno.
Negar eso en nombre de una idea rígida de maternidad no solo es injusto, también es poco realista. Las madres no son un bloque homogéneo. Son mujeres con historias, contradicciones y pasiones diversas. Reconocerlo es un paso fundamental hacia una maternidad más honesta y menos asfixiante.
Criar sin renunciar y educar sin avergonzarse
Ser madre friki no significa imponer gustos ni criar copias de una misma. Significa vivir con coherencia, sin esconder lo que se ama ni transmitir vergüenza por ello. Los hijos e hijas aprenden más de lo que observan que de lo que se les dice, y ver a una madre disfrutar de algo con pasión y respeto es una lección poderosa.
Mostrar que existen múltiples formas de ser adulta, de disfrutar y de expresarse amplía el mundo de la infancia. Enseña que la creatividad no caduca, que la imaginación no es incompatible con la responsabilidad y que el placer cultural no tiene edad. Lejos de ser un problema, esto puede convertirse en una herramienta educativa valiosa.
Además, normalizar estos gustos dentro del entorno familiar ayuda a romper prejuicios desde dentro. No se trata de convencer a nadie, sino de vivir con naturalidad. Cuando una madre no se disculpa por lo que le gusta, envía un mensaje claro: no hay nada malo en amar aquello que conecta con lo que una es.
En un mundo que todavía insiste en decir “eso son dibujitos”, las madres frikis representan una resistencia silenciosa. No desde la confrontación constante, sino desde la coherencia cotidiana. Siguen cuidando, educando, sosteniendo y, al mismo tiempo, disfrutando de mundos que les recuerdan que la vida también necesita fantasía.
Aceptar que la maternidad no exige borrar partes de una misma es un acto profundamente liberador. Y quizás, poco a poco, ayude a que esas frases condescendientes pierdan fuerza. Porque cuando una madre vive su identidad sin pedir permiso, lo que antes parecía raro empieza a verse simplemente como lo que es: otra forma legítima de ser mujer y madre.